domingo, 20 de junio de 2010

El faro


Como últimamente no tengo tiempo para escribir nada nuevo, pero aun así no quiero dejar que este blog se marchite, he decidido ir colgando poco a poco algunas de las escenas que escribí hace ya mucho tiempo. Algunas tienen relación con otras, aunque ésa no es la tónica constante, porque al fin y al cabo se crearon para un juego en el que la única condición consistía en incluir diez palabras concretas (y ni os podéis imaginar lo estrambóticas que eran alguna de ellas, tanto que casi parece que están metidas con calzador, por lo que no os extrañéis si leéis algo raro).
Dos de mis primeras entradas fueron escenas como éstas, y estaban relacionadas entre sí, pero para esta nueva entrada he elegido una en concreto, a la que le siguen dos escenas más, que se encuentran entre las que guardo más cariño de todas ellas. No son nada del otro mundo, están llenas de fallos pero, aun así, me gustaría compartirlas con todos vosotr@s.

EL FARO
Comenzaba a arrepentirse de haber realizado aquel viaje.

Cuando la bibliotecaria de su pueblo, una mujer menuda y pizpireta que siempre andaba hablando con todo el mundo, le recomendó ese destino, ella se imaginó que sería muy divertido y acabaría enamorada de esas tierras llenas de encanto. Ahora ya no pensaba lo mismo. En medio de la nada, con una oscuridad que se cernía frente a ella y que parecía que la iba a engullir, se había quedado tirada con el coche. No, si ya se lo había dicho su madre antes de partir: “¿estás loca? ¿Cómo se te ocurre irte sola de vacaciones a Escocia, recorriendo con un coche que no conoces carreteras que no conoces, y para más “inri” a un país extranjero en el que ni siquiera hablan tu idioma?”

Por aquel entonces Ana no le había dado importancia a esos comentarios, convenciendo a su madre con una razón de peso: tenía que amortizar el dinero que se habían gastado con ella en sus clases de inglés, y qué mejor forma para hacerlo que recorrer sola, durante quince días, toda la costa este de Escocia. Llevaba una semana allí, y había podido comprobar por sí misma que era capaz de interrelacionarse, con una relativa facilidad, con personas de un país extranjero y con un idioma diferente al suyo materno. Las gentes de todos los lugares que había visitado habían sido muy amables con ella, en ningún momento la hicieron sentir como una extraña.

Pero ahora se sentía muy extraña.

Se apeó del coche farfullando por lo bajo, y al acercarse a la parte delantera del vehículo comprobó que, efectivamente, se le había pinchado un neumático. Le dio un buen puntapié a la rueda maldiciendo su mala suerte, pero acto seguido levantó la mirada, intentando encontrar algún indicio de luces que indicasen un pueblo cercano donde la pudiesen ayudar. Nada. Aquel lugar era inhóspito.

Se introdujo de nuevo en el coche, metió la mano en su bolso y comenzó a buscar su teléfono móvil. No conseguía encontrarlo debido a la cantidad de objetos que tenía en su interior, así que lo volcó sobre el asiento del pasajero. Entre todas las cosas que llevaba dentro destacó una nota de color y, a su pesar, sonrió. Era la última mandarina de todas las que su madre le había dado antes de emprender viaje a un rumbo desconocido. Siempre habían sido sus preferidas, mucho más que las naranjas, por lo que su madre no había dudado en escondérselas dentro de la maleta para que, al abrirla, recordase su tierra natal: Valencia. “Bueno, al menos tendré algo que comer”, pensó reflexivamente. Al fin, debajo de unas guías de viaje, encontró lo que buscaba.

Miró la pantalla esperanzada, pero todas sus ilusiones desaparecieron cuando se dio cuenta de que no había cobertura. Soltó un improperio y, cerrando los ojos, comenzó a pensar en lo que tenía que hacer. Ella jamás había temido enfrentarse a las eventualidades que le pudiesen sobrevenir, así que, sin más preámbulos, volvió a bajarse del coche y caminó hacia el maletero.

Estaba decidida a cambiar ella misma la rueda, pero lo que nunca se pudo imaginar era que no estuviese el gato. Y no estaba. Ahora, ¿qué haría?

Pronto llegó a una decisión: si no había nadie por los alrededores, tendría que caminar hasta encontrar un pueblo. Cogió su bolso y una pequeña linterna que, eso sí, los de la agencia de alquiler de vehículos habían dejado en la guantera, y con paso firme empezó a alejarse de allí.

Anduvo durante media hora sin encontrar una triste casa. Sin embargo, cuando comenzaba ya a desesperarse, una leve llama de luz se encendió. Al principio creyó que había sido una estrella fugaz, pero cuando fijó la vista a lo lejos verificó que era otra cosa. Cada diez segundos esa luz volvía a aparecer, por lo que supuso que se trataba de un faro. Esa carretera circundaba toda la costa, así que tarde o temprano tenía que encontrase con alguno. Con fuerzas renovadas aceleró el paso y, saliéndose de la carretera, emprendió la marcha en esa dirección.

Efectivamente se trataba de un faro, pero hubo algo que la desconcertó. A simple vista parecía abandonado, pero entonces, ¿por qué seguía funcionando? Era ilógico que estuviese operativo si no había ningún vigía, así que avanzó el corto trayecto que le quedaba hasta llegar a la puerta.

La construcción estaba al borde del acantilado; al asomarse un poco se podía apreciar que la caída era considerable. Fuertes olas chocaban contra el gran muro de rocas sobre el que se elevaba el faro, haciendo que se crease una lámina de espuma que tardaba varios segundos en desintegrarse. A esas horas de la noche y con tanta oscuridad, ese lugar más parecía el enclave de una escena de terror que un simple mar embravecido. Aquello le inspiraba cierto temor, pero ya había llegado hasta allí y ahora no podía darse la vuelta. Miró con recelo la desvencijada puerta de madera y con mano temblorosa la abrió.

-Hello! Is anybody in there? (¡Hola! ¿Hay alguien aquí?) –gritó con todas sus fuerzas. Un profundo silencio acompañó a sus palabras. “Quizás esté dormido”, pensó para sí. Traspuso el umbral de la puerta y se introdujo en la edificación. Aquello estaba oscuro como la boca de un lobo, así que alumbró con su linterna y descubrió el arranque de una escalera. Dudó en continuar, pero sus ansias por volver a la civilización pudieron más que el miedo que comenzaba a hacer mella en ella, por lo que se dispuso a subir los peldaños.

-Ochenta y ocho, ochenta y nueve, noventa,… ¿es que esto no termina nunca? –Resopló un poco asfixiada por el esfuerzo-. Desde fuera no parecía tan alto…

Finalmente llegó a la cumbre, aunque tuvo que pararse unos momentos para recobrar el aliento.

-¡Jo, desde que estaba en el instituto no había hecho tanto ejercicio! –exclamó en voz alta.

Cuando terminó de recuperarse levantó la vista, sólo para vislumbrar frente a ella otra puerta cerrada. En ese momento la linterna comenzó a hacer unas cosas muy extrañas y se apagó. Ana avanzó hacia allí, ya que sabía que al otro lado habría luz, así que abrió la puerta y entró. Se encontró frente a ella con una amplia habitación, pero hubo algo que la extrañó enormemente: estaba completamente a oscuras.

-No puede ser… -murmuró-. Yo he visto luz aquí arriba.

Intentó encender la linterna para alumbrar la estancia, pero ésta no funcionó. Dio varios golpes a la carcasa, aunque no sirvió de nada.

-¡Mierda, y ahora se acaban las pilas…!

La débil luz de la luna entraba por las ventanas de la habitación, pero no lo suficiente como para iluminar la estancia por completo. De pronto, entre penumbras, vio algo moverse a su lado. Giró rápidamente en esa dirección para ver de qué se trataba, y en ese preciso instante sintió que alguien la cogía por detrás.

-¡Suélteme! –gritó en castellano-. ¡He dicho que me suelte!

Era un hombre, de eso no le cabía ninguna duda. Sentía su espalda apoyada sobre un fuerte pecho y unos brazos musculosos rodeándole el torso mientras la aprisionaba entre ellos. Comenzó a forcejear, pero la tenía bien sujeta: no pudo moverse ni unos centímetros.

De repente sintió que la cabeza de ese hombre se acercaba a la suya, y el contacto de su mejilla contra la aspereza de un mentón sin rasurar desde hacía días le provocó un leve escalofrío. Ana intentó calmarse. De nada le serviría ponerse como una histérica o luchar contra él. Había evaluado su fuerza.

Súbitamente apreció que una mano enorme, tosca, se acercaba a la punta de un mechón de su cabello y lo tomaba entre sus dedos, acariciándolo con dulzura. Poco a poco soltó las hebras y con las yemas de sus dedos fue surcando un camino desde su garganta hasta la cúspide de su pecho, rozando sutilmente un pezón. Ana comenzó a temblar de pánico, pero en ese momento sintió algo húmedo en su mejilla.

Una lágrima.

El hombre estaba llorando.

Ella no entendía nada, e iba a rogarle en inglés que por favor la soltara cuando oyó que él, con voz grave y angustiada, le susurraba algo. Al principio no entendió bien lo que decía, pero el hombre volvió a repetirlo:

-You’ve come back to me… (Has vuelto a mí…)
...

El faro©Chus Nevado

6 comentarios:

Mar Carrión dijo...

Me parece que voy a dejar de leer relatos cortos!!! Siempre me quedo con unas ganas de continuar....
Chus, cuando más concentraba estaba leyéndote, me encuentro con esa frase final tan aplastante que me ha dejado clavada en el sitio.
Cómo que has vuelto a mi?? Y no lo vas a explicar??
Me ha gustado muchísimo!!

Mamen (LadySith) dijo...

Ya estás tardando en continuar el relato... ¡que me has dejado con la miel en los labios!
Besitos

Chus Nevado dijo...

Mar, Mamen, sí que lo voy a explicar, hay que tener paciencia... aunque no sé si con la explicación que dé, os servirá, jajajaja
Dentro de unos días pondré la "continuación".

Un beso enorme para las dos

Cuca dijo...

Dentro de unos días nada!!!!
Lo tiene que colgar ya mismo!!
Que no nos puedes dejar en estas condiciones.
Y cuando pongas el siguiente, haces lo mismo con el tercero.

Un beso mi niña

Anna ( blog princesa) dijo...

profundo y con un final...ainss con sabor de saber mas ¿quien era ese hombre?
preciosamente narrado.

Besotes y me ha encantado

menchu dijo...

¿Como no había visto esta maravilla? Precioso Chus y con escalofrío incluído. Me voy a por la segunda parte.