viernes, 9 de julio de 2010

El faro (2ª parte)


Su vida ya no era suya. No le pertenecía desde aquella fatídica noche en la que todo su mundo cambió para siempre. Había tenido mucho tiempo para pensar, demasiado, pero la única conclusión que había podido sacar era que, poco a poco, día tras día, se estaba acercando cada vez más al círculo vicioso de la completa demencia. ¡Dios, cómo se arrepentía de todo lo ocurrido!

Aquel día ya lejano, cuando tomó esa decisión, ni en sueños habría podido imaginarse las consecuencias que acarrearían sus actos. Por algo le miraba fijamente, a él en especial, el consejero espiritual de su clan cada vez que daba un sermón: “Cuidado con lo que habéis de sembrar en el largo recorrido de vuestras vidas, porque así recolectaréis y se os será doblemente retribuido”. Nunca había llegado a entender el doble sentido de las palabras de aquel clérigo con mayor claridad que en esos precisos momentos. El sacerdote era un hombre recto y severo donde los hubiere, pero también muy sabio, aunque no se había dado cuenta de esto último hasta ahora, cuando ya era demasiado tarde.

Todo comenzó una inusual mañana soleada a principios de otoño. Esa caravana de gitanos había llegado a sus tierras, acampando en las lindes del inmenso robledal situado en los límites de su propiedad, con intenciones de establecerse allí de forma permanente. A él no le gustó nada esa intromisión, pero su esposa le había convencido con sus artimañas femeninas de la inocuidad de tal asentamiento. “Al fin y al cabo son sólo personas como tú y como yo, aunque sin un lugar fijo al que llamar hogar”, había argumentado ella con suma dulzura. “Déjalos que acampen aquí. Ni siquiera te darás cuenta de su presencia y, cuando menos te lo esperes, ya se habrán marchado”.

Arabelle. Su adorada Arabelle. Habían pasado sólo tres meses desde que la hizo su esposa, pero ya había descubierto que no podía vivir sin su presencia. Su mundo giraba entorno a ella, desviviéndose por hacerla feliz. Esa sassenach le había robado el corazón desde el mismo momento que la conoció. Fue en un baile en la corte, cuando todo lo que le rodeaba perdió sentido para él al contemplarla danzar al son de una jiga. Se quedó completamente hipnotizado al verla girar y reír como si de una niña se tratase, y ya no pudo separarse de ella. Todo su clan le había advertido que era muy peligroso desposarse con una inglesa, mucho más en aquellos tiempos tan conflictivos que se vivían, pero eso a él no le importó. La quería y nadie iba a impedir que fuese suya. Y lo fue.

Esos últimos tres meses habían sido los más dichosos de su vida. Esa misma mañana, Arabelle le había colmado de felicidad al informarle de que próximamente serían padres. Su rostro, al ser conocedor de la noticia, fue de lo más expresivo. Pasó por diferentes estados: incredulidad, sorpresa, satisfacción, alegría y, finalmente, orgullo. Por esa razón claudicó y accedió a los constantes ruegos de su esposa para que permitiese que el campamento gitano se asentase en sus tierras.

Ése fue su mayor error, como lo fue también consentir que Arabelle les visitase.

Su doncella, una muchacha alocada y poco juiciosa, le había llenado la cabeza de pájaros explicándole con todo lujo de detalles la mercancía con la que comerciaban los titiriteros. A su esposa le llamó especialmente la atención un velo árabe de delicada gasa, vendido a su sirvienta por muy buen precio, así que Arabelle se empeñó en hacerse con otro similar. Pese a las constantes objeciones que Derek le puso para evitar que se acercase al campamento, finalmente ella se salió con la suya y le convenció de que un simple paseo hasta el robledal no le iba a acarrear ningún tipo de problema, mucho menos cuando iría convenientemente acompañada.

No la volvió a ver con vida.

Estaba anocheciendo cuando un carro solitario, conducido por un joven gitano, cruzó el puente levadizo del castillo portando el cuerpo inerte de su mujer. Junto a Arabelle, su doncella personal se llevaba las manos a la cabeza y no hacía más que proferir, entre sollozos, incoherentes palabras.

Cuando Derek vio el cadáver de su idolatrada esposa sobre la paja de aquel destartalado carromato, no esperó a recibir ningún tipo de explicación por lo sucedido. Simplemente soltó un aullido desgarrador que cortó el aire y, con mortal determinación, ordenó arrasar el campamento. Las llamas bailaron esa noche una danza macabra junto al robledal y el humo negro se elevó en el cielo durante días.

Acababa de enterrar a su mujer, aún estaba de rodillas frente a la tierra recién removida cuando sintió una presencia a su espalda. Se dio la vuelta con lentitud, sólo para encontrase cara a cara con una gitana decrépita que se sostenía inestablemente en un retorcido bastón. Le sorprendió mucho la mirada cargada de odio que esa anciana le retribuía, aunque no lo manifestó abiertamente. Iba a echarla sin contemplaciones de aquel sagrado lugar, pero se quedó inmovilizado cuando ella comenzó a hablar con inusitada firmeza mientras le señalaba con uno de sus artríticos dedos:

-Tú, depravado, eres el culpable de la muerte de todo mi clan. No tuviste clemencia ni con las mujeres, ni con los niños, y por eso yo te maldigo. Jamás tendrás paz, pasarás tu existencia arrepintiéndote eternamente de todos tus pecados. No hallarás la muerte, pues tendrás una muerte en vida, y no descansarás hasta haber cumplido una justa penitencia con la que resarcirás todo el daño causado. Sobre suelo sagrado expreso mi plegaria e invoco mi maldición.

Dicho esto, la mujer escupió en la tierra y se marchó.

Derek fue incapaz de moverse de allí hasta pasados unos minutos, hasta que inspeccionó los alrededores y no halló rastro alguno de la anciana. Entonces él también abandonó el camposanto e intentó olvidar aquella extraña visita. Sin embargo, no pudo. Al principio no le había dado ninguna importancia a sus palabras, pero con el paso del tiempo esa maldición fue cobrando sentido para él. Mucho sentido.

Transcurridos cuatro meses, Derek llegó a un estado tal de desesperación por la pérdida de Arabelle que decidió quitarse la vida. Sin ella ya nada tenía sentido, así que pensó que lo mejor sería volver a reunirse con su amada en el otro mundo.

Colgó una gruesa soga en una de las vigas de madera de sus aposentos y, pasándosela por el cuello, se subió a un baúl. Cuando estuvo preparado se santiguó, tomó entre sus manos un mechón de cabello que le había cortado a Arabelle antes de que le diesen sepultura y luego le dio una brusca patada al mueble. Su cuello, al partirse por la presión de la soga, imitó el sonido de las nueces al ser cascadas.

Cuando volvió a abrir los ojos ya no estaba en su castillo. Aquello era muy extraño. Estaba convencido de que su cuello se había partido al caer pero, inexplicablemente, aún seguía vivo. Sin embargo, todo lo que le rodeaba estaba muy cambiado. Cierto era que frente a él veía el centenario robledal que delimitaba sus tierras, pero no había indicio alguno de su fortaleza. Sólo quedaban unas cuantas piedras y nada más.

Creyó haberse vuelto loco y huyó de allí. Vagó durante días sin rumbo fijo, sin importarle su destino, hasta que llegó a Saint Andrews. La ciudad, al igual que sus propiedades, estaba diferente. Además, aquellas gentes aseguraban que se encontraban en el año 1804 de Nuestro Señor. Definitivamente, había perdido la cordura.

Tuvo que pasar por otro conato de suicidio hasta darse cuenta de lo que ocurría.

En el siguiente intento se lanzó desde un precipicio de ciento cincuenta metros de altura pero, por segunda vez, salió indemne de ese atentado contra sí mismo. Ahí fue cuando descubrió que habían pasado otros cien años. Ahora estaba en 1904.

Lo intentó por última vez, clavándose su propio puñal en el corazón, pero los resultados fueron similares. Había transcurrido otro siglo.

Recordó las palabras de la gitana, y entonces la cruel realidad se volvió clara y cristalina en su atribulada mente: esa mujer realmente le había maldecido, otorgándole la incapacidad de morir para así expiar sus culpas, con el inconveniente añadido de que pasasen cien años cada vez que intentase quitarse la vida. Cuando fue consciente de ese hecho terminó por hundirse. Estaba maldito, así que decidió que jamás volvería a tomar contacto con ningún mortal. Pasaría toda la eternidad en soledad, arrepintiéndose de sus pecados, con el drama de saber que nunca podría regresar junto a su amada.

Transcurrieron dos largos años, durante los cuales se mantuvo constantemente recluido en una gruta que había descubierto al pie de un acantilado. Esa cueva estaba conectada mediante unos pasadizos e intrincadas escaleras a una extraña edificación, pero sólo subía a ella en el ocaso, para contemplar las estrellas y recordar a su Arabelle.

Había perdido toda esperanza de encontrar alguna vez la paz, por lo que dio gracias al cielo cuando esa noche, inexplicablemente, una llama iluminó su oscura existencia. Quizás sí podría burlar el maleficio. Ahora sí.

No supo qué le llevó a proceder de esa forma, sólo actuó movido por el anhelo de que las cosas podrían cambiar.

Estaba allí.

Dios le estaba dando una segunda oportunidad y no la desaprovecharía.

Un torrente de lágrimas surcó sus mejillas y, con la voz demudada por la emoción y el largo tiempo sin pronunciar palabra, susurró gravemente a la mujer:

-Has vuelto a mí…

El faro©Chus Nevado

9 comentarios:

Mar Carrión dijo...

Chus qué bonito!!!! Me encanta esta segunda parte del relato, qué bien explicado está todo. Qué pena me da el pobre hombre con esa maldición que le ha echado la vieja. A ver si rompe el maleficio ahora que ha vuelto a encontrar a Arabelle (no me acuerdo si se escribe así...) aunque está reencarnada me temo.
Ay, no lo dejes así y sigue, que con este argumento te da para una novela entera!!!

Anna ( blog princesaa) dijo...

Precioso ¡ sin palabras mujer ! me he quedado impresionada por el realismo, por la sensibilidad ¡¡felicidades guapa !!

Yolanda Quiralte dijo...

Ostras!! Si hasta me he emocionado!! enhorabuena Chus. Me ha encantado. Uff mucho. de verdad.
Opino como Mar. Sigue desarrollándolo que este tema da para una novela perfecta.
Niña, eres un artista!!

menchu dijo...

Chuuusss, ni me había dado cuenta de que hay entradas nuevas. Voy a ponerme al día.

menchu dijo...

¡Madre mía Chus! tu sí que sabes dar misterio a las historias. Ahora, solo tenemos que romper el maleficio para vivir felices y comer perdices. Venga, que a tí te gustan también las historias que terminan bien.

Chus Nevado dijo...

Jajajaajjaja
Por supuesto que me encanta que las historias terminen bien, pero antes tiene que haber una historia y ésta está aún por escribir. Ya veremos, dijo un ciego...

menchu dijo...

Pues escríbela que seguro que es interesantísima.

Pitt Tristan dijo...

Muy agradecidos por tus palabras y por escogernos como un blog amigo.
Este texto es magnífico, no sé si escribes con la misma facilidad con que se lee, pero esa claridad y perfección de estilo sólo es comparable con la belleza del misterio y juego ambiguo con el más allá del relato.
Gracias.

Chus Nevado dijo...

Pitt, yo también te agradezco mucho que te hayas pasado por mi blog pero, sobre todo, te agradezco tus hermosa opinión sobre mi texto. Creo que no me lo merezco, pero aun así, gracias de nuevo.