Dentro del marco de las jornadas FANTASTI´CS11 sobre literatura fantástica, ciencia ficción y terror que se realizarán durante el mes de noviembre en Castellón, está previsto que el sábado 12 de noviembre se organicen en la librería Argot (C/ San Vicente, 16 12002-Castellón de la Plana) unas mesas redondas dedicadas a la literatura romántica, junto con la presentación de los libros de alguna de las autoras que van a intervenir.
A continuación os detallo el programa:
12:00h.- Mesa redonda sobre Novela Romántica Gótica y Romántica Paranormal.
Intervendrán Jezz Burning, Amaya Felices y Roxy Varlow
-Presentación de los libros "El pozo de todas las almas", de Amaya felices, y la "Saga Licos", de Jezz Burning.
17:00h.- Mesa redonda sobre Subgéneros de la Novela Romántica y Evolución de la Novela Romántica.
Intervendrán Yolanda Quiralte, Olivia Ardey, Jezz Burning, Lucía de Vicente, Amaya Felices, Chus Nevado y Roxy Varlow.
19:00h.- Presentación de los libros "Delicias y secretos en Manhattan", de Olivia Ardey, y "Cuando pase la tormenta", de Lucía de Vicente.
Organiza la librería Argot en colaboración con ADARDE.
Estas mesas prometen ser muy interesantes, así que si pasáis por la zona, os aconsejo que no os las perdáis.
Era la última visita del día. Sólo una más y después podría regresar a casa, con mi familia. Pasaría el resto de la tarde sentado en mi sillón de orejas, con un buen puro entre los labios y una copita de coñac caldeándose junto al brasero mientras mis tres hijas se acurrucaban junto a mí: Marisa e Inés apoltronadas en ambos brazos de la butaca y Pilar, la más pequeña, echa un ovillo en mi regazo. Me pedirían que les narrase mil y una historias de tiempos pasados, sobre todo su preferida, la que nunca se cansaban de escuchar, que no era otra sino la historia de cómo conocí a su madre, mi amada Lucía.
Nada salió como yo me imaginaba.
Cuando llegué a la residencia del marqués de Perales, los anfitriones me recibieron de un modo en extremo efusivo. Soy un simple peluquero, pero me siento muy emocionado y quizás un poco intimidado ante el gran número de personas, pertenecientes a diferentes clases sociales, que han tenido a bien brindarme su amistad. No sé la razón por la cual la gente me tiene en tan alta estima, aunque yo siempre he intentado tratar a todos con la misma consideración, respeto y cordialidad con los que me gustaría que me retribuyesen. Al parecer, he conseguido mi propósito, y eso es algo que me llena de orgullo.
Estuve buena parte de la tarde cortando el pelo a los integrantes masculinos de la familia. Tras acabar mi trabajo, me dispuse a despedirme de ellos para volver cuanto antes a mi hogar, pero sólo obtuve una rotunda negativa por parte de ellos. Reacio a demorar el encuentro con los míos, me disculpé lo mejor que pude, pero alegaron que sería una descortesía abandonar la mansión sin haber tomado antes un refrigerio en su compañía. Las reglas de la buena educación me obligaban a no hacerles un feo desaire, así que, resignado, acepté su invitación.
Nada más pasar a la sala de estar, el marqués llamó a una de las criadas. Mi sorpresa fue mayúscula cuando apareció por la puerta una niña de no más de siete años, ataviada con un vestido de sarga marrón el doble de grande que su escuálido cuerpecito y un mandil remendado, aunque impoluto. Avanzó con paso vacilante y la mirada gacha hasta detenerse frente a mi anfitrión, y entonces esperó sus órdenes.
-Clara, vete al desván y tráenos una de las botellas de licor de endrinas que destilé el año pasado. Date prisa.
Al instante, la muchacha reaccionó como si le hubiesen clavado un puñal en el pecho. Sin levantar la vista del suelo, negó repetidas veces con la cabeza, se llevó una mano a la base de su cuello y, con voz ahogada, suplicó:
-Por favor, no quiero subir ahí...
-¿Ya empezamos de nuevo? ¿Cuántas veces te tenemos que decir que no pasa nada?
-Por favor... -repitió-. No me hagan hacerlo... -ella había alzado la barbilla y luchaba denodadamente por no romper a llorar delante de todo el mundo.
Aquella reacción despertó mi curiosidad. Clavé la mirada en el rostro de la niña y lo que vi en sus ojos me provocó un extraño vuelco al corazón. Sus facciones estaban contraídas por el terror. Pero, ¿por qué?
-¿Qué ocurre? -me atreví a preguntar. Quizás me comporté de un modo demasiado osado, siendo como era un invitado en esa casa, pero tenía que saberlo.
-Esta niña... ya no sabemos qué hacer con ella -respondió la marquesa en tono condescendiente-. De un tiempo a esta parte, se niega a subir al desván, por mucho que le insistamos.
-Pero, ¿por algún motivo en especial? -agregué.
-¡Bah, son sólo tonterías de una mente infantil! No hay que hacerle ni caso, porque si lo hacemos, nunca superará sus miedos.
La muchacha no hacía más que mirar a unos y otros, esperando que alguien la salvase de aquello que tanto temía. No pude evitarlo. Me levanté del asiento, posé mi mano sobre su hombro y me agaché hasta quedar a su altura, sonriéndola con ternura.
-Ven conmigo, pequeña. Yo te acompañaré al desván. Eso te tranquilizaría, ¿verdad?
No muy convencida, afirmó con un leve gesto. Los marqueses se habían quedado sin palabras, extrañados porque hubiese tenido en cuenta las aprensiones absurdas de una niña asustada, pero no me detuvieron cuando le propuse a Clara que me indicase el camino hacia el desván.
Al llegar al pie de las escaleras, ella aferró mi mano con fuerza. Sus pequeños dedos intentaban abarcar, sin éxito, el contorno de mi muñeca. Aquel gesto, lejos de importarme, me tocó el alma, así que amoldé su pequeño puño en la palma de mi mano y apreté con delicadeza, para infundirle el ánimo que tanto necesitaba. Sin mediar palabra, adecué mis pasos a los suyos y comenzamos a subir los escalones.
Cuando llegamos a la entrada de la buhardilla, la niña dio un paso atrás de forma instintiva e intentó soltarse de mí. No se lo permití; al contrario, la sujeté con firmeza y le obligué a que me mirase a la cara.
-Clara, ahora que estamos solos, ¿me vas a decir qué es eso que tanto temes? ¿Qué ocurre aquí dentro?
-Yo... la muchacha comenzó a titubear, pero le exigí una respuesta con la mirada. De sus labios surgió una vocecilla tenue y acongojada que me forzó a acercar mi rostro al suyo para poder entender algo de lo que me decía-. No quiero entrar. Ella estará ahí, como siempre. Los señores han subido muchas veces conmigo para demostrarme que son imaginaciones mías. Ellos no la ven, pero yo sí.
-¿Ella? ¿Quién es ella?
-No lo sé, aunque me da mucho miedo. Va toda vestida de negro, su piel es muy blanca y sus ojos parecen vacíos. Creo que quiere hacerme algo.
-Déjame echar un vistazo.
Incrédulo, abrí la puerta y entré. Busqué a tientas el interruptor a ambos lados del quicio hasta que lo encontré. Al accionarlo se encendió una única bombilla, situada en una de las vigas de madera, que iluminó parcialmente la estancia. Un simple vistazo a mi alrededor me confirmó lo que ya pensaba con anterioridad. Los marqueses tenían razón: los miedos de esa chica eran infundados. Allí no había más que trastos viejos y multitud de telarañas. Quizás lo que ella había creído ver no era otra cosa más que una de las sombras proyectadas por alguno de los múltiples cachivaches que había amontonados por doquier.
-Clara, puedes pasar. Aquí no hay nadie más que yo. Te lo aseguro.
En cuanto la niña atravesó el vano de la puerta, lo sentí: un frío glacial que se incrustó en mis huesos y un extraño hormigueo que me recorrió la espina dorsal. Al principio creí que aquello se debía a una corriente de aire provocada por algún cristal roto, pero esa teoría no tenía sentido: el desván carecía de ventanas y no se apreciaba ningún agujero en la estructura que conectase con el exterior. Además, cuando yo entré la temperatura de ese cuarto era normal, dadas las circunstancias; un minuto después estaba aterido de frío.
Siempre me he considerado una persona práctica, racional e incrédula. Sin embargo, en esos momentos supe con certeza que, aunque pareciera imposible, allí había alguien más. Notaba su presencia, aunque no era capaz de verla.
Clara se situó a un lado y agarró mi chaqueta, escondiendo su pequeña cabecita tras mi espalda. Los temblores que surgían de su interior traspasaban las capas de tela que nos separaban, hasta el punto de que yo mismo no supe discernir si era ella sola la que temblaba o nuestros cuerpos se convulsionaban a la par.
-Clara, ¿puedes ver a la mujer? -fue lo único que pude articular.
-Sí, señor. Está justo enfrente de nosotros.
-¿Y qué es lo que hace ahora mismo?
-Me... me está mirando fijamente.
-Clara, pregúntale quién es.
-Pero...
-Pregúntaselo.
La niña hizo lo que le ordené. Puede que todo fuese producto de mi imaginación, pero a fecha de hoy aún puedo asegurar que, tras la voz de la pequeña, pude escuchar con claridad un leve murmullo que resonó en mis oídos con la reverberación de una explosión.
-Dice... dice que es mi madre.
-¿Tu madre?
-Sí, pero eso es imposible. Mi madre murió de unas fiebres cuando yo era muy pequeña. Ni siquiera puedo recordar su rostro.
-Clara, pregúntale qué es lo que quiere de ti.
-Sólo quiere saber que estoy bien, y me comenta que, a pesar de que instantes antes de morir le prometieron unas misas en su memoria, aquello cayó en el olvido.
-Bien, dile que por eso último no tiene que preocuparse más. Clara, no debes tener miedo. No puede hacerte nada, y estoy seguro de que tampoco pretende hacerlo.
No bien había terminado de hablar, sentí que algo parecido a la estela de una persona pasaba a mi lado, rozando la mano que reposaba en el brazo de Clara. Después, nada.
-Ya se ha ido -murmuró la pequeña.
-Y creo que ya no volverá -aseveré.
Lo primero que hice cuando regresamos al salón fue hablar con mis anfitriones. Corroboraron la historia de la pequeña: su difunta madre les había servido durante muchos años, así que cuando ella falleció, se hicieron cargo de la niña. No abandoné la mansión hasta arrancarles la promesa de que ordenarían el oficio de unas misas en su memoria, e incluso yo, por mi parte, también hice lo propio.
Muchas fueron las ocasiones en las que regresé a aquella casa, no sólo por mi trabajo, sino además para visitar a la pequeña Clara. Vi cómo aquella niña apocada se convertía en una jovencita encantadora sin más miedos ni temores que los propios de su edad, y sé con seguridad que lo sucedido aquella tarde jamás volvió a repetirse, aunque el recuerdo de esa experiencia lo guardamos para siempre en nuestros corazones. Tanto la pequeña Clara como yo.
—¿Se puede saber lo que haces? —bramó Cedric—. ¡Vuelve ahora mismo a la cama! —le ordenó.
—De ningún modo —Chloe elevó el mentón de forma desafiante—. No pienso permanecer en esta habitación a menos de dos pasos de usted, y me da igual lo que diga.
—Serás impertinente... —en dos segundos el cuerpo de Cedric se abatió sobre ella y la levantó del suelo como si fuese una pluma, llevándola de nuevo hacia el lecho—. Harás lo que yo te diga y punto.
No bien la había soltado sobre el mullido colchón cuando los pies de Chloe volvieron a tocar raudos el suelo.
—¡He dicho que no! —contestó Chloe con un mohín, cruzando los brazos en señal de insubordinación.
—Podrías sacar de sus casillas hasta al santo más paciente... —le recriminó duramente—. ¡Métete en la cama de una maldita vez!
El 24 de febrero de 2011 fue un día esperado durante muchísimo tiempo.Tanto, que podemos hablar de años, exactamente los mismos que han pasado desde que conozco a Ana. Me refiero a Ana R. Vivo, autora de la novela No mires atrás, que ya está en librerías. Para mí, es simplemente Ana, una buena amiga que desde un principio me sorprendió en diferentes aspectos, aunque el más relevante fue su marcada vena prolífica. Tiene en su haber más de ocho novelas escritas, pero el motivo de esta entrada se centra en la presentación de su “ópera prima”.
Sobra decir que me llenó de alegría enterarme de su publicación. Desde que leí por vez primera uno de sus manuscritos, estaba convencida de que alguien acabaría por descubrir su talento, y eso sólo ha sido cuestión de tiempo. Ya le dije hace mucho que, cuando llegase ese día, nada ni nadie me impediría acudir a la presentación de su primera novela, y como una tiene la manía de cumplir siempre sus promesas, allí que estuve, para apoyarla y alegrarme con su alegría mientras disfrutaba de ese momento mágico en el que se presentaba en sociedad a su retoño.
Llegué a Albacete casi a la una de la tarde, y allí ya estaba Ana, junto a su marido, esperándome en la estación de autobuses. Fue el principio de un día muy emocionante, porque no me reencontraba sólo con una amiga, sino con otras dos más que much@s de vosotr@s también conocéis. Más adelante sabréis a quiénes me refiero.
Aunque el rostro de Ana mostraba una aparente calma, sus ojos decían todo lo contrario: nervios, ansiedad, algún que otro miedo enfocado al resultado de esa presentación… vamos, lo normal. Lo mejor, en ese caso, sería mantenerla entretenida, para que así pudiese olvidar, al menos durante un rato, sus temores, por lo que comenzamos una charla incesante que duró todo el día (y buena parte de la noche, jejeje).
Llegó la hora de comer y ¿dónde nos fuimos? Pues al mismo lugar que serviría como escenario de dicho encuentro: a El Corte Inglés. En la puerta del centro comercial nos estaba esperando otra amiga que, además, era una de las dos maestras de ceremonia: Menchu Garcerán, autora de El viaje del presidente (editorial El Maquinista) y La fórmula deseada (ganadora del V premio Terciopelo, cuya publicación verá la luz en escasos meses bajo el sello Terciopelo).
Besos, saludos, risas… Nada más entrar, nos encontramos de frente con un cartel que anunciaba la presentación del libro. Cómo no, no podíamos irnos de allí sin fotografiarnos junto a dicho cartel, pero éramos conscientes de que está terminantemente prohibido hacer fotos allí. Sin embargo, eso no nos detuvo. Le pedimos permiso a la vigilante de la entrada y, tras explicarle que estábamos junto a la autora, ella, muy amable, hizo unas cuantas llamadas para confirmarnos el permiso (de cualquier modo, aunque no hubiésemos obtenido autorización, hubiésemos seguido haciendo la foto, jajaja).
La comida se alargó horas, pero es que no podíamos dejar de cotorrear mientras nuestros platos, abandonados, clamaban porque les hiciésemos un poco de caso. Nada más pedir los cafés, apareció la segunda maestra de ceremonias, otra amiga y magnífica escritora: Mar Carrión, autora de Bajo el cielo de Montana y Decisiones Arriesgadas (ambas de la editorial Terciopelo).
Como comprenderéis, aquello se convirtió en una auténtica fiesta. Siempre es un placer ver a las amigas, pero también es un honor compartir charla con tan excelentes escritoras, mucho más cuando esa conversación no dejó de versar sobre el tema que tanto nos apasiona: la escritura de novela romántica. Espero que me perdonéis, pero voy a hacer un pequeño apunte, saliéndome un poco del tema principal de esta entrada, la presentación de No mires atrás de Ana R. Vivo, para contaros una impresión particular. Hubo un momento, cuando estábamos las cuatro compartiendo una animada charla en la cafetería Valor frente a nuestros respectivos cafés, zumos y demás, que me hizo especial ilusión. No sé si habréis visto una serie de TV titulada “Castle”. Bueno, pues yo, rodeada de esas tres mujeres, me sentí como el protagonista de esa serie, Rick Castle (aunque salvando las distancias y las comparaciones, por supuesto, jajaja), cuando se reúne con otros tres compañeros escritores para jugar sus partidas de póker y, entre mano y mano, se dan respectivos consejos para mejorar sus novelas. En serio, ese recuerdo lo guardaré siempre.
Se acercaba la gran hora, así que decidimos volver a El Corte Inglés para tomar posiciones: Ana, Menchu y Mar en la mesa, y yo tras mi sempiterna cámara de vídeo (y la cámara de fotos, que una abarca todo, jejeje). El salón de usos múltiples estaba vacío, pero no os engañéis: todo el mundo se estaba tomando algo en la cafetería. A los diez minutos, la sala se llenó y muchas personas tuvieron que quedarse en pie durante toda la presentación. Primer miedo de Ana, superado: aquel lleno absoluto fue un éxito total.
Y empezó la presentación. Víctor, el responsable de relaciones públicas de El Corte Inglés, dijo unas palabras para presentar a la autora. Acto seguido, le pasó el relevo a Menchu Garcerán. Fue ella quien rompió el hielo, arrancándose a contar cómo se conocieron gracias a un foro de novela romántica y a su amor por la escritura. Menchu, literalmente, se emocionó, pero se emocionó tanto que tuvo que pasarle el micro a Mar a fin de evitar las temidas lágrimas, no sin antes comentar la publicación accidentada de No mires atrás, a causa de los retrasos que sufrió, así como la próxima publicación de la segunda novela de Ana, El hombre solitario.
Mar Carrión comenzó su “speech” centrándose en el resumen del libro. Pero lo hizo de un modo especial, porque se curró una presentación realizada con una combinación de varias reseñas, recopiladas por diferentes webs, todas ellas muy positivas. Después formuló a Ana diferentes preguntas, tales como las razones que la llevaron a escribir novela romántica, novela de suspense y una ambientación centrada en EEUU, así como el origen de su inspiración, el porqué de su gusto por dotar a sus libros de una continua tensión sexual…
Menchu Garcerán se centró en las cuestiones relativas a la documentación, el proceso a seguir para no dejar ningún hilo suelto en una novela de suspense como ésta, el origen de su amor por la novela romántica, las manías que puedan llegar a darse cuando la autora se enfrenta al reto de la escritura, si un escritor nace o se hace, qué es lo que más le cuesta plasmar en papel…
Ambas moderadoras combinaron a la perfección las preguntas realizadas, abarcando todos los temas que a cualquier lector nos hubiese gustado formular. Siempre con una sonrisa de oreja a oreja y un cierto deje de orgullo y emoción, por ser ellas las encargadas de presentar el primer libro publicado no sólo de una autora, sino además una buena amiga, llevaron el hilo de toda la conversación de una forma magistral.
Ana respondió a todas esas preguntas de un modo impecable, aunque hay que reconocer que estaba muy seria, sobre todo al principio. En la presentación nos contó muchas cosas sobre ella y su libro, tantas que estoy segura de que me olvidaré mencionar alguna. Las novelas de la autora no se centran únicamente en el género de suspense -aunque es con éste con el que se siente más cómoda-, sino que además es capaz de atreverse con histórica, paranormal, aventuras… eso sí, prefiere que estén ambientadas fuera de España, ya que de esta forma tiene más libertad de movimientos a la hora de permitirse ciertas licencias. Sin embargo, aquí debo hacer un apunte, dado que una de las primeras novelas de Ana transcurre en España y, para más inri, es histórica. Vamos, que la autora se atreve con todo.
Explicó que le gustan que ambos protagonistas posean un carácter fuerte, y ése es precisamente el truco para lograr el equilibrio, sobre todo en esta novela. Diana, la protagonista femenina de No mires atrás, posee un carácter complicado debido a sus circunstancias particulares, así que la fórmula que tuvo la autora para que no se “comiese” a su partenaire masculino consistía en un tira y afloja que se adaptaba a cada escena. Si ella elevaba la voz, Hugh lo hacía más, pero si por el contrario Diana se tranquilizaba, él se ponía a su altura. Todo esto, aderezado con una fuerte tensión sexual que se manifiesta desde el mismo momento en el que se conocen, consigue dotar al argumento de una consistencia muy atrayente y adictiva para el lector.
Nos confesó que su primer contacto con la novela romántica lo tuvo a la tierna edad de trece años, momento en el que cayó en sus manos un libro de Barbara Cartland, cuando iba a intercambiar libros de su madre –mayoritariamente del oeste y novela negra- a una librería de Albacete. Ése fue, para ella, el principio de todo. Cuando se dio cuenta de que su imaginación iba más allá de lo que leía, que podía inventarse un argumento y que el desenlace fuese tal y como ella quería, comenzó a escribir para sus amigas. Palabras textuales de Ana, “quizás yo inventé la idea de los foros tal y como funcionan ahora, donde algunas autoras cuelgan sus historias por fascículos”, ya que escribía las escenas en las clases de Historia o Religión y después, en el recreo, se las leía a sus amigas. Hasta que la pillaron y le quitaron la libreta. Una verdadera pena… ahora que caigo, se me olvidó preguntar a Ana: ¿pudiste recuperar tus escritos o las monjas se los leyeron y después los quemaron, jajajaja?
Ana nos contó que su proceso de documentación es como el de muchas otras autoras, a base de internet. Sin embargo, cuando aún no se estilaba este método, ella hizo buen uso de las enciclopedias (imaginaos desde hace cuanto tiempo lleva escribiendo…). No sigue un orden lógico para escribir, no confecciona ningún esquema previo –algo que pondría los pelos de punta a muchos profesores de escritura creativa-, sino que la historia surge día a día en su cabeza, hasta tal punto que puede llegar a tener escrita más de la mitad de una novela y aún no saber quién va a ser “el malo”. Eso sí, desde el principio se crea un archivo llamado “mis cosicas”, que le sirve para recordar los diferentes temas que va dejando pendientes en un argumento y así, al final, resolverlos todos y no dejarse ningún cabo suelto. Comienza con la invención de un título, después busca una localización y acto seguido comienza a desarrollar a los personajes. Lo que viene después, no lo sabe ni ella hasta que llega el momento de escribirlo. Eso sí, nos confesó que lo que más le cuesta escribir, con diferencia, es el prólogo y el epílogo.
Una anécdota graciosa de la autora es que ella, para escribir, necesita mucho ruido y jaleo a su alrededor –nunca podrá darle suficientes gracias a la existencia del fútbol, jajaja-. Además, sus mejores momentos de creatividad transcurren cuando está fregando los platos, aunque ahora, con la existencia del lavavajillas, tendrá que buscarse otra ocupación “generadora de creatividad”. Menchu le sugirió la plancha. ¿Será ésa su particular fórmula deseada, jejejeje?
Respecto a la pregunta de si un escritor nace o se hace, ella afirmó, categórica, que nace. De hecho, se calificó a sí misma como una “cuentista”, y extendió ese apelativo a la generalidad de autores. La imaginación no es algo que se pueda aprender, se tiene o no se tiene, aunque el estilo sí que se puede educar.
Por último, recalcó que el título No mires atrás no es un título sin más. Tiene su significado en el argumento de la novela, porque es lo que le aconsejan que haga a la protagonista, pero más importante que esto, es que tiene una gran importancia en la vida real de Ana. De hecho, es su máxima: “nunca hay que mirar atrás”. Y ella nunca mira atrás.
Segunda prueba de Ana: superada. Ella tenía miedo a quedarse en blanco, a contestar de modo muy sucinto a cada pregunta que le formulasen, pero la verdad es que la presentación se desarrolló en forma de una conversación muy fluida. Vamos, como lo que era: una charla entre amigas.
Hubo algunas preguntas por parte del público, aunque más que preguntas fueron comentarios muy positivos sobre la novela y, después, llegó el momento de la firma de libros. Yo creo que, aún hoy, a Ana le tiene que estar doliendo la muñeca de firmar tantos ejemplares. Se me olvidó hacer una foto de cómo quedó la torre de libros expuestos por El Corte Inglés después de la presentación, pero os puedo asegurar que bajó de un modo considerable. Y mientras la autora estampaba su rúbrica, nosotras tuvimos un ratito más para conversar, sobre todo con Moruena Estríngana, autora de El círculo perfecto (editorial Ambar), que tampoco se quiso perder la presentación de Ana.
Como veréis, la presentación fue todo un éxito, y los miedos previos de la autora, completamente infundados. En realidad, se ha convertido en un momento muy emotivo para atesorar y recordar en el futuro, tanto por parte de Ana como por todos los que estuvimos allí disfrutando de ese día. Y para que nunca que se olvide (aunque sé que esto no va a suceder), me traje de Albacete una prueba gráfica más, aparte del vídeo y las fotos. Me refiero a un ejemplar del periódico “La tribuna de Albacete” del día 25 de febrero de 2011, donde hacen mención a la presentación que tuvo lugar el día anterior.
Por mi parte, no me queda más que agradecer a Ana la acogida que me dispensó en todo momento, desde el hecho de haberme dado asilo político en su casa hasta los momentos tan gratos que pasé en su compañía y en la de Menchu y Mar. Muchas gracias a las tres, petardillas mías. También querría darle las gracias a Luis, el marido de Ana, porque es todo un caballero, y a Isa, la hija de Ana, que me ha facilitado todas las fotos que realizó para poder elaborar, como se merece, la crónica visual que a continuación podréis ver en forma de vídeo. Por último, también me llevo el recuerdo de Suka, Kira y Tara, sus mascotas. Nada ni nadie me han lamido con tanto énfasis los pies descalzos, ni me han provocado unas cosquillas tan divertidas.
No necesitas llamar a la puerta: para ti, está abierta de par en par. Sólo aventúrate a dar ese único paso que te separa de mí; haz un paréntesis en tu rutina diaria y, simplemente, disfruta de un momento de tranquilidad en este mundo de seducción que voy a intentar crear, donde el amor y el romanticismo sean sus protagonistas indiscutibles. Espero hacerte soñar, reír y suspirar, aunque me sentiré infinitamente agradecida por el simple hecho de haberte hecho pasar un buen rato mientras me regalas tu compañía. Bienvenid@ a mi blog.